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Marruecos

Tánger, primer puerto

Cual serpiente y encantador, no puedo sino caer otra vez en el hechizo de la música marroquí-andaluza, dulce e hipnótica, marcando el ritmo de nuestro recorrido por un vasto abanico de colores, sabores, olores y temores…
Luego de una soleada Navidad andaluza en Málaga, con algún que otro tímido primer encuentro con el misterio de un rostro oculto detrás del velo, e inesperadas inscripciones en árabe en las teclas del cajero automático, partimos en ferry a través del estrecho de Gibraltar hacia la ciudad portuaria de Tánger, al norte de Marruecos. Ya a bordo, los sonidos del español y el árabe comenzaron a mezclarse en nuestros oídos, y los jeans a confundirse con amplias túnicas y velos de todos colores. Los 50 kilómetros que separan Europa de África representaban ya una distancia inmensurable. Aún así, al salir del hotel y cruzar la calle, no dejaron de sorprendernos los camellos en la playa...
Negándose a la despedida de sus años de esplendor, Tánger se aferra, con sus balcones estilo Art Nouveau, exuberantes cafés y elegante rambla sobre el mar, a conservar el viejo encanto que alguna vez atrajo a artistas y escritores como Tennessee Williams y Truman Capote, entre otros, a instalarse en los años '50.
No nos faltó oportunidad para familiarizarnos también con uno de los sonidos que muy pronto formaría parte de nuestra rutina diaria: una voz inquebrantable, prolongada e intensa, que anuncia el inconfundible llamado al rezo. De acuerdo con la doctrina islámica, todos los fieles deben acudir a la mezquita cinco veces al día, (¡una de ellas a las tres de la mañana!), y posicionarse en dirección a la Meca durante la oración.
Luego de nuestra breve experiencia en Tánger, partimos al día siguiente en tren hacia Fez, la más antigua de las ciudades imperiales, trescientos kilómetros al sur. Ya comenzábamos a informarnos sobre algunos conceptos básicos de la organización urbana marroquí: la Medina o antigua ciudad amurallada, y la Ville Nouvelle, construida durante la época del protectorado Francés (1912-1956). Según la tendencia general, luego de la independencia de Francia, aquellos marroquíes de posición más acomodada se habían desplazado hacia estas ciudades modernas y trazadas al estilo colonial, con plazoletas, amplias calles y bulevares. Las antiguas ciudades, por el contrario, con sus estrechas calles serpenteantes e irregulares, quedaron entonces ocupadas por las poblaciones más pobres. Son por supuesto estas medinas las que conforman el mayor atractivo turístico de Marruecos, con lujosos alojamientos en forma de Riads (casas de dos o tres plantas con un patio central y habitaciones alrededor), que crean, junto a las suntuosas mezquitas y demás monumentos religiosos, un claro contraste con el resto de la ciudad.

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FEZ

los mil y un riads

Si bien nos fuimos acostumbrando progresivamente a este nuevo mundo de pasillos y callecitas, nuestro primer encuentro con la medina no fue para nada, por decirlo así, gentil. Nuestro plan original se vio desbaratado desde un principio, cuando al llegar a la estación de tren, y a pesar de lo acordado con el dueño del riad que habíamos reservado, nadie parecía estar esperándonos. Intacto todavía nuestro buen humor, nos dispusimos ingenuamente a llegar por nuestros propios medios. Todavía novatos en el arte del regateo, pagamos la exorbitante suma que propuso nuestro caprichoso taxista para llevarnos hasta una de las puertas de la medina. Con un nombre, un número y una calle no veíamos razón por la cual no pudiéramos llegar a destino...
De repente todo se transformó ante nuestros ojos; una marea de gente que apuraba el paso en todas las direcciones, puestos abarrotados con mercadería de todos los colores, cafés y restaurantes pegados uno al lado del otro, que exhalaban los más peculiares aromas ocuparon todo el paisaje. Aun ya prevenidos, no dejó de resultarnos chocante nuestro primer encuentro con un falso guía. Caracterizados en todas las guías turísticas por su incansable persecución de los turistas, estos jóvenes, a veces casi niños, que por lo general no cuentan con ninguna otra entrada de dinero, esperan a los viajeros en las puertas principales de la ciudad para ofrecerles guiarlos a cambio de algunos Dirhams (la moneda local). Resueltos en un principio a prescindir de tales servicios, nos empeñamos, totalmente en vano, en ignorar las insistentes preguntas, en español, de nuestro pequeño y tenaz perseguidor.

- ¿Español? ¿Habla español? ¡¡¡¡Amigo, amigo!!!!
- …..
- ¿Donde vas amigo? ¿¿¿Quiere ayuda????
- No.
- Yo conozco riad lindo y limpio, por aquí amigo…
- No gracias.

Al cabo de unos quince minutos de infructuoso y congestionado andar, ya mi valija con rueditas cargada por Mariano (lo único que nos faltaba era matar a alguien y ofender a Alá), mediante un intercambio de miradas nerviosas acordamos que quizás era hora de buscar ayuda. Mostramos el papel con la indicación del riad a nuestro acompañante, que no parecía haberse ofendido ni desalentado en lo más mínimo ante nuestros desplantes. Lamentablemente y a pesar de su buena voluntad, comprobamos que Muhad, al igual que un gran porcentaje de la población marroquí, no sabía leer, cuando llegamos al riad equivocado, si bien el nombre sonaba muy parecido al que habíamos pronunciado. Ya francamente contrariados, vimos como Muhad, tras consultar y reclutar uno des sus innumerables amigos que andaban por la calle como acompañante de la expedición, volvía a ponerse en marcha indicándonos que lo siguiéramos. Con creciente resignación, volvimos a adentrarnos en otro, (¿o el mismo?) sinfín de estrechas callecitas, hasta llegar a una pesada puerta de madera en un pasillo.
Vimos nuestro concepto de lo inverosímil tambalear en más de una oportunidad a través de nuestro viaje, y aquí el primer temblor: en nuestro riad NO HABIA NADIE. Con sólo una gruesa puerta de madera separándonos de nuestro objetivo, incrédulos y perplejos, nos deshicimos en llamadas y golpetazos, con el insistente transfondo de nuestro pequeño guía, que no perdió oportunidad en advertirnos acerca de lo poco conveniente que era esta zona para andar de noche, y cuánto mejor sería el riad que él proponía. Derrotados, viendo como la luz del día comenzaba ya a abandonarnos al igual que nuestra suerte, volvimos a ponernos penosamente en marcha. Tras rechazar una habitación por demasiado fea y pequeña, pero considerarla finalmente mejor opción que otra demasiado tenebrosa, sólo para volver y encontrarla ya ocupada en el lapso de veinte minutos, nuestras perspectivas parecían cada vez menos alentadoras. Pero nuestro amigo, incansable y con mayor temple ante las vicisitudes de la medina, resolvió dejarnos descansando en el patio del riad ya completo y retomar la exploración de otras alternativas de alojamiento. Tras algunos riads completos, regresó finalmente con una respuesta afirmativa. Perdido todo derecho a réplica o elección, atravesamos más laberintos hasta llegar a la correspondiente puerta de madera. La suerte estaba echada: detrás de esa puerta se encontraban nuestros aposentos para esa noche…
Y allí estaba la tierra prometida: a nuestros ojos cansados, no menos que un palacio, una embriagadora revolución de azulejos y almohadones de todos los colores. Mareados y aún desconfiados ante la factibilidad de un milagro, seguimos torpemente a la nuestra gentil anfitriona a través cuartos mucho más suntuosos (y costosos) de los contemplados en el presupuesto de la travesía, pero el resultado de nuestro regateo fue decisivo: ¡nos habíamos ganado la suite principal!

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Fez

Dia 2

A la mañana siguiente, nuestra primera visita, bajo la fiel escolta de Muhad, consistió en una de las tantas curtiembres artesanales de Fez. Si bien las prácticas de la industria no han cambiado demasiado en Marruecos durante el último milenio, no por ello ha el cuero marroquí perdido su exquisita calidad, que lo ubica entre los mejores del mundo, según da fe nuestro propio vocablo, la marroquinería. Una vez limpias, las pieles son introducidas en piletones, procesadas con soluciones que las transforman en cuero y teñidas con elementos naturales. Según las explicaciones del dueño (de las que el particular olor que reinaba en las instalaciones no nos dejó dudar), algunos de los principales elementos utilizados en este proceso son la caca de paloma y la orina de vaca. Los colores se extraen también de elementos naturales como el azafrán o la amapola. Mariano se compro una billetera hermosa, que por suerte poco a poco va perdiendo el olor a caca de paloma…
Fundada en el año 789 a la orilla del río Fez, la ciudad pronto se convirtió en el hogar de cientos de familias musulmanas expulsadas del sur de España. Este desarrollo impulsó a Fez a convertirse en una gran metrópolis, centro de la cultura y el conocimiento islámicos. Muchos de los monumentos de la cuidad han sido preservados y son hoy reconocidos como patrimonio de la UNESCO. Nuestra siguiente parada fue entonces la Medersa o escuela teológica Bou Inania, imponente por su suntuoso decorado y su característico minaret o torre. Las medersas eran establecimientos tanto religiosos como culturales, destinados al estudio de la religión, el derecho, la ciencia y el arte, que albergaban principalmente a estudiantes de las zonas rurales. Según la construcción tradicional, los cuartos de los estudiantes se sitúan alrededor de un patio central con su fuente, que a su vez conduce a la sala de rezo, con su entrada separada para hombres y mujeres.
Por la tarde, luego de un reparador almuerzo en la relativa tranquilidad de la Ville Nouvelle, volvimos a aventurarnos en la medina, ¡solos esta vez! Ingresamos ahora por la amplia esplanada a la entrada de la medina, que cuando no es utilizada para eventos religiosos, sirve activamente como campito de fútbol para los niños más pequeños; un respiro de las estrechas callecitas para poder jugar a otra cosa que no sea la escondida.

No sin cierto orgullo de aventurarnos sin ninguna tutela, pero aún conscientes de nuestra inferioridad ante los desafíos laberínticos, tomamos una de las dos calles principales y nos limitamos a seguirla, esforzándonos en recordar las notas mentales que nos ayudarían a retomar el camino correcto de regreso ante cada bifurcación. Así llegamos a la Mezquita Karaouiyine, que no pudo sino impactarnos por su grandeza, un verdadero e interminable oasis blanco y verde esmeralda en ese desierto de austeridad. La entrada permitida únicamente a musulmanes, rodeamos el edificio y saciamos nuestra curiosidad espiando por sus innumerables puertas. De repente, esa hipnótica voz: era hora de rezar y ya todos, hombres y mujeres, se aprestaban a entrar, cada uno por su correspondiente puerta, y arrodillarse para la oración diaria.
Esa noche nos esperaba un delicioso manjar tradicional en el riad, ¡con sólo siete entradas antes del plato principal! La cocina marroquí, una fusión de tradiciones andaluzas, árabes y bereber, se distingue esencialmente por el uso de una variedad de especias como el comino, el azafrán, el jengibre, la cúrcuma y la canela, entre las más comunes. El plato nacional es el tajine, que se sirve en una cazuela tapada, y puede ser de cerdo, cordero, carne vacuna o pollo. Mi preferido fue el de pollo, con aceitunas verdes y limón caramelizado, mientras que Mariano prefirió el kefta tajine, hecho a base de albóndigas. Otro plato obligado es el cuscús a los siete vegetales, o la clásica ensalada de zanahoria y naranja, ¡deliciosa!

Posted by Zol 16:06 Comments (0)

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TRAVESÍA POR EL ATLAS

Nuevo amanecer, nuevo rumbo. Las nueve de la mañana nos encontraron subidos a un micro en dirección a Beni Mellal, una ciudad alrededor de 250 Km. al sur. Nuestro objetivo era llegar de allí a Azilal, otro pueblo cercano, el mejor lugar desde donde acceder a las Cascades d'Ouzoud, cuyas fotos por Internet nos habían cautivado.
Un tanto intranquilos ante el estado semi ruinoso del micro y rogando que la niebla se disipara antes de adentrarnos en camino de montaña, presenciamos un incesante desfile de vendedores de todo tipo de artículos, que subían y bajaban del micro, muchos sobreestimando nuestra capacidad de comprender las bondades de sus productos, explicadas en perfecto árabe. Partimos a las diez, con una hora de retraso. Si bien ya habíamos sido advertidos, nos vimos obligados a documentarlo fotográficamente: como pudimos comprobar durante un largo trecho de la ruta, ¡es verdad que nieva en Marruecos!
El viaje transcurrió con cierta tranquilidad, sino por una ardiente trifulca verbal que se armó en un momento, de la cual jamás pudimos comprender el más mínimo detalle, pero que culminó en uno de los pasajeros abandonando precipitadamente el micro. Al cabo de unas horas, Mariano cometió la imprudencia de señalarme la distribución de bolsitas negras que estaba teniendo lugar para los pasajeros que así lo solicitaban. Segundos me bastaron, luego de ver la cabeza cubierta de una mujer inclinarse sobre la bolsita, para adivinar el efecto producido en ella por los sobresaltos de la zigzagueante ruta. Fue allí que mi estómago se solidarizó con el de la señora, y no volvió a ser el mismo...
Luego de seis horas de trayecto, descendimos en Beni Mellal. Antes de que pudiéramos traducir en palabras el ¿y ahora qué? que decían nuestras miradas, no tardó en acercársenos un servicial merodeador quien, tras informarse sobre nuestra ruta, nos condujo hacia los Grand Taxis. Habitual medio de transporte marroquí, estos autos, en su mayoría viejos Mercedes Benz que ya deberían descansar en algún museo, son taxis compartidos que generosamente transportan ¡seis pasajeros!, más el conductor. No hubo mucho tiempo para decidir: había un taxi listo para partir hacia Azilal, con cuatro pasajeros ya esperando, que saldría en cualquier momento… Aplastados contra nuestros compañeros de viaje, volvimos a transitar abruptas curvas al ritmo del último hit del pop árabe que sonaba en la radio, a una altura poco tranquilizadora y una velocidad no precisamente prudencial. Buen momento para limitarse a cerrar los ojos...
Lo supe desde que escuché le último chirrido del freno. Ordenadamente, bajé del taxi, recogí mi equipaje, saqué una bolsita. Varias horas de inanición probaron ser una ventaja, y todo transcurrió de manera rápida y casi imperceptible. Otras cuestiones de mayor importancia requerían nuestra atención, como asegurarnos un merecido y reparador descanso y una reconfortante comida. Lamentablemente, ninguno de los dos pudo ser...
Constatar que éramos los únicos transeúntes cuyo atuendo no se asemejaba en absoluto al tradicional jellaba, una túnica hasta los tobillos con capucha puntiaguda, utilizada en distintas versiones por hombres y mujeres, contribuyó a explicarnos porqué tantos ojos parecían clavarse en nosotros. Fue quizás por ello, o tal vez porque ninguna estructura edilicia parecía muy prometedora, que sucumbimos mansamente ante la primera oferta de ¿hôtel? que escuchamos en la calle. Inmediatamente, el personal del Hôtel Souss, muy amable por cierto, nos condujo a nuestra habitación, con una tarifa equivalente a 3,50€ por persona por noche. Sin permitir que la perspectiva de dormir sobre un viejo colchón sin sábanas hiciera mella en nuestra moral, y dejando para más tarde la ardua decisión entre cubrirnos con las mantas provistas o, ante la duda, morir de frío, partimos tras nuestra cena.
Azilal no representaba, obviamente, la excepción a la regla. Al igual que cualquier otro pueblo o ciudad marroquí, absolutamente todos los bares y cafés contaban entre su concurrencia única y exclusivamente al sexo masculino. Las mujeres, mientras tanto, permanecen por lo general en el hogar atareadas en la preparación de la comida, esperando a sus maridos para cenar. De acuerdo con esta dinámica, raramente salen los marroquíes más tradicionales a cenar fuera de su hogar, por lo que la cantidad y oferta de restaurantes en zonas con poca afluencia turística es relativamente escasa. Tras tres o cuatro cuadras sin éxito en ambas direcciones, se decidió sustituir la cena por tres pains au chocolat y unas cuantas palmeritas adquiridos en una panadería cercana.
Ya de vuelta en el Hôtel Souss, tras comprobar la veracidad de las afirmaciones de nuestra guía acerca de la ausencia de inodoros fuera de las grandes ciudades, y prescindir de una ducha al precio de 0,50€, nos acostamos vestidos, reposando cuidadosamente la cabeza en nuestras camperas. Habiendo hecho oídos sordos a las recomendaciones de Mariano acerca de la conveniencia de llevar siempre consigo un par de tapones para los oídos, sólo el ipod a todo volumen pudo contra la sinfonía de portazos, voces y estridentes sonidos no identificados provenientes del exterior. Finalmente, en una pareja batalla, el cansancio venció al insomnio, en el anochecer de un día más que agitado...

Posted by Zol 16:04 Archived in Morocco Comments (0)

LAS CASCADES D’OUZOUD Y LOS PUEBLOS BEREBER

Un paseo por la montaña

Al despuntar el día, flamantes adquirentes de las seis plazas de un Grand Taxi, recorrimos el último pequeño tramo hasta Ouzoud. Dudábamos ya de poder satisfacer nuestras expectativas, alimentadas por las largas horas de travesía. Recuerdo nuestro primer encuentro con el Riad Cascasdes d'Ouzoud como amor a primera vista. Con un refinado estilo rústico, los cuartos del riad se ubicaban en las dos plantas en torno al patio central, con un alto y orgulloso naranjo en el centro. Dada nuestra extremadamente pobre dieta del día anterior, el desayuno con jugo de frutas, yogur, café con leche, tostadas, manteca, miel y mermelada, servido en un acogedor salón bien calentito y una música suave, nos sentó como un gran festín que colmó nuestros sentidos.
Inmediatamente acudimos hacia el murmuro constante con el que nos llamaban las cascadas. En un olímpico clavado de 110 m, sus aguas caen espectacularmente en tres niveles hacia el cañón de Oued el-Abid, para romperse en un vertiginoso estrépito, sobre el telón de las majestuosas montañas del Alto Atlas.
Ouzoud significa "aceituna” en el idioma de los pueblos bereber, los primeros pobladores de la región, quienes le dieron este nombre en razón del extenso cultivo del olivo. Bautizados como los “Bárbaros” (Bereber), por las legiones romanas que llegaron a la zona de Marruecos en el siglo IV d.C., estos pueblos de origen multicultural conservan hoy en día sus propios dialectos y su milenaria estructura tribal. Esencialmente politeístas, su conversión al Islam tuvo lugar en forma progresiva a partir del siglo VII d.C, cuando los seguidores del profeta Mohammed arribaron en las costas de África del Norte. Fieles devotos del Islam, los pueblos bereber se esforzaron sin embargo en mantener intacta su propia identidad cultural, y continúan siendo un diferenciado grupo étnico.
Encomendamos el resto de la visita a Abdul, nuestro guía y responsable por un día fantástico e inolvidable. Miembro de una de las cuatro familias más antiguas de Ouzoud, miles de generaciones habían creado en él un íntimo lazo con el paisaje. Durante horas lo seguimos a través de la montaña, descubriendo todo tipo de árboles y sus frutos; ¡exquisita la vaina de cacao!
Y en un instante, se paró el tiempo. “Salam”, nos saludó, con una sonrisa dulce y arrugada, para luego seguir su camino cuesta arriba, cargando orgullosamente la cesta con las aceitunas recogidas en el día. “Salam”, nos sonreía ahora una chica agitando la mano desde la orilla del río, mientras escudriñaba de rodillas la futura pesca. Y así pasaron, una niña con su hermanito a cuestas atado en la espalda, un grupo de pastores que descansaba en la cima de la montaña. Era martes, día del souk o mercado, y todos los hombres ya habían partido con sus productos. De repente, una mancha terracota, con techos bajos que hacen las veces de jardín del vecino, la aldea Tanaghmeilt se asomó orgullosa de su escondite en la montaña. Entramos. Franklin, Einstein, Gandhi, Mandela, Bush y Obama se quedaron en la puerta. Allí nadie los conocía…
Organizada por el intendente, la distribución de tareas en la aldea varía por grupos cada año. Algunas corresponden sólo a las mujeres, como la recolección de frutos y el tejido de la ropa, mientras que los hombres se ocupan de actividades como el comercio con otras aldeas cercanas, la construcción de las viviendas y la producción de las herramientas. Entramos en una casilla muy oscura donde un burro arrastraba un molino triturando aceitunas; de ahí mismo salía, después de varios pasos, el aceite de oliva en botellitas. Otra casilla en plena oscuridad, y miles de golpecitos, hasta que el herrero, único en toda la aldea y con muchos ancestros herreros, encendió una mecha y amablemente nos mostró su increíble destreza en la confección de ganchos, manijas, herraduras y todo tipo de objetos de hierro para uso diario.

A continuación a Abdul se le ocurrió probar nuestro estado atlético, mediante ejercicios de escalada de alto riesgo (o al menos según mi calificación personal). Me sorprendí me mi audacia (sólo una vez establecida la imposibilidad de una retirada). Creo, sin embrago, que a Abdul en algún momento le falló el cálculo de la longitud de mis piernas, que no llegaban a ninguno de los agujeros en la roca; me sujetó entonces de la muñeca y por un breve instante me quedé pataleando como un dibujito animado. Al parecer, Mariano no se encontró con ninguno de tales inconvenientes. La escalada nos llevó hacia unas espectaculares grutas con mil formas, recovecos y estalactitas, aparentemente uno de los lugares preferidos de nuestro entusiasta guía, quien, según nos contó, había recorrido extensísimos pasadizos oscuros en medio de la roca. No voy a negar el alivio experimentado al constatar que no era esa la continuación de nuestro recorrido…
Por suerte la siguiente parada contemplaba la ingesta de alimentos, y así llegamos al ranchito del tío de Abdul al susurro del río, donde se ofrecía a los caminantes el clásico té de menta y pan mojado en aceite de oliva. Por supuesto que al principio me negué a hacer tal cosa, pero al final el hambre y el gusto totalmente natural del aceite, muy distinto a cualquiera que hubiera probado, me convencieron. El ranchito en la montaña nos regaló un momento muy placentero, de esos que uno no sabe por qué pero se siente muy feliz.

Posted by Zol 16:01 Comments (0)

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